
Podría describir todas las sensaciones que sentí aquella mañana, pero solo me quedaría con una: satisfacción.
Satisfacción por haber cumplido el objetivo, satisfacción por haber superado la prueba que tanto ansiaba, por haber mirado a la cara a la maratón y no haber desviado la mirada. Disfruté muchísimo, si se vieran imágenes saliendo del estadio se vería en mi cara la felicidad de estar viviendo un sueño. Reconozco que tenía miedo, que no sabía a lo que me enfrentaba, que por mucho que te cuenten, realmente no sabes lo que es hasta que lo vives.
Y sí, fue duro, los últimos cinco kilómetros fueron muy duros, pero para mi suerte mirmanno Zeb Cretario estaba a mi lado. No tengo suficientes palabras de agradecimiento para él, porque cuando estaba hundido en lo más profundo de mi mente, me dio el aliento que necesitaba para no pararme, por poco me da hasta algún empujón. Es ahora, después de tanto tiempo con los zebulones, cuando realmente he entendido que un zebulon es más que una camiseta.
Recuerdo que le dije que no volvería a correr una maratón, pero por una extraña razón al día siguiente estaba pensando cuando sería la siguiente.
Es ahora que la he vivido cuando reconozco el enorme valor que tienen todos y cada uno de los corredores que corrieron aquel domingo, sin duda todos ganaron ese día. Este detalle no lo valoraba antes, y sin saber por qué ahora sí.
Querría felicitar desde ésta crónica a mi compañera de estreno maratoniano Rachel, supongo que igual que para mí, habrá sido una experiencia inolvidable.
Para concluir ésta crónica me gustaría dedicar mi primera maratón a mi futura hija que nacerá dentro de pocos días-horas, que sin ella saberlo me acompañó en tantos kilómetros de entrenamiento durante estos meses, en cada kilómetro de la maratón la llevaba en mis pensamientos. Seguro que volveré a correr más maratones, pero solo mi primer maratón será siempre especial por ello.